Crónica: El día que un hermano nos habló a todos
- Arturo Méndez
- 2 sept 2025
- 3 Min. de lectura
En Tabasco, a veces se nos olvida que también hacemos arte. Que entre la humedad de los días y los techos de lámina que revientan con el sol, alguien está allá afuera escribiendo cuentos, tocando música, contando historias, sembrando cultura.
Ese viernes, salí de la Universidad directo al Museo "Carlos Pellicer Cámara". Era mi primera vez en la sala de arte "Antonio Ocampo Ramírez", y lo supe porque tardé en encontrarla. Como todo lo que vale la pena, no estaba a simple vista. Allí dentro no solo íbamos a ver dos cortometrajes. Íbamos a ver un homenaje. Uno doble. A Tabasco, y a un hombre que escribió sobre él.
La sala estaba llena. No de gente famosa, ni de reflectores: de personas que conocían querían la obra de Luis Alfonso Fernández Suárez. Yo, para ese entonces, solo lo conocía por lo que había leído. Esa tarde, lo conocí un poco más.Primero vimos El árbol de la música (1994), una obra que se sintió más como un sueño compartido que como una película. Una niña y su gallina Josefina cruzaban su pueblo descalzas, entre la tierra y la gente, hasta encontrarse con un viejo violinista en la orilla del río. Era una historia breve, dulce como una caña bien cortada, pero con la fuerza de un cuento que guarda más de lo que dice. Esa niña aprendía a tocar música, sí, pero también a ver el mundo con otros ojos. Y yo, sentado en esa sala, sentí que me pasaba lo mismo.
La pantalla luego cambió y apareció el segundo cortometraje: El hombre que perdió la cabeza por su mujer, una adaptación hecha por Fátima Giovanna Juárez Gómez y Carlos Miguel Pérez Méndez, estrenada este 5 de mayo. Usaron elementos interesantes —las cartas de lotería como símbolos del destino de cada personaje, por ejemplo—, pero para mí, el homenaje no ocurrió en la pantalla. O no solo allí. El verdadero homenaje empezó cuando se encendieron las luces.
Se levantó de su asiento un hombre mayor. No era actor, ni director, ni funcionario. Era el hermano del autor. Con voz temblorosa y una disculpa entre dientes, dijo que quizá se emocionaría. Lo dijo antes de hablar, y así fue. Nos contó sobre su padre, un hombre de esos que sientan a sus hijos a leer Cien años de soledad, de los que creen que la literatura también se hereda. Pero luego nos habló de Luis Alfonso, de su hermano.
Un hijo raro, dijo. Extraño, solitario. Un hijo que aprendió a soñar por su cuenta, que nunca encajó del todo en lo que otros llamaban “normalidad”. Y ahí, en esa confesión tan íntima, tan dolorosa y bella, fue que entendí por qué estábamos allí.A veces la gente rara, la que escribe cuentos como si fueran testamentos, la que camina con la cabeza en las nubes, la que se va temprano o demasiado callada... necesita un homenaje distinto. Necesita que alguien que lo conoció diga, de frente: “si tienes un hijo así, dale amor, y deja que encuentre su camino”.
La sala no aplaudió de inmediato. Hubo un silencio de esos que no se rompen, sino que se deshacen. Todos parecíamos parte de una familia improvisada, como si estuviéramos en el velorio que nunca se hizo, pero ahora sí se dijo lo que faltaba.
Ese día volví a experimentar lo que hace tiempo había dejado de sentir en una sala de cine. La emoción de estar viendo algo más que una película. Estábamos viendo un gesto, un acto de memoria. Un pedacito de tierra convertido en historia, contado por voces que todavía tiemblan.Y sí, puede que la obra no fuera perfecta. Puede que el homenaje haya tenido huecos. Pero las palabras del hermano las llenaron todas.
Salí de esa sala con la sensación de haber estado en un lugar sagrado. No por el espacio, sino por el instante. Me sentí más cercano a mi tierra. Me sentí parte de algo. Y, sobre todo, entendí que hay historias que no buscan premios ni público, solo justicia. Esa justicia que se hace con palabras cuando ya no se puede con abrazos.Porque ese día, el cine no nos habló con imágenes.
Nos habló con la voz de un hermano.







Comentarios