Crónica de un viernes 13 de mala suerte
- Noticias a la 8va

- 3 sept 2025
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Hay días que parecen escritos por un guionista cruel. Y luego están los viernes 13.
La mañana estaba envuelta en una luz melancólica, de esas que no terminan de ser día. Una caricia gris recorría las calles de Cárdenas, aún empapadas por el rastro sigiloso de la lluvia nocturna. Todo parecía en pausa, como si el pueblo supiera que alguien estaba a punto de partir.
Marcos, un hombre de treinta años, despertó con el peso de las despedidas en el pecho. Había pasado una semana en su natal municipio, lejos del ritmo apresurado de las grandes ciudades; cerca de lo que de verdad importa, su familia, su madre y su hermana. Los lazos que a veces la rutina convierte en ausencias. Había viajado para visitarlas, abrazarlas y compartir risas sencillas. Regresó para reconectar con esa parte de sí que solo encuentra donde creció.
Pero el tiempo no perdona, y esa mañana, entre maletas y memorias recientes, llegó el momento de decir “hasta pronto”. Porque, aunque el corazón quisiera quedarse, la vida y el trabajo lo esperaban de vuelta..
Antes de emprender el camino de regreso a Guadalajara, Marcos decidió hacer una última salida en su natal Heroica. Era un pendiente sencillo, pasar al banco. Salió de casa en el auto de su madre, un vehículo rojo con pocos años encima, en buen estado y acostumbrado a recorridos cortos por la heroica. Lo conocía bien, lo había manejado varias veces cuando vivía con su madre, siempre puntual en su arranque. Aquella mañana no fue la excepción, encendió sin problemas, como si todo marchara con normalidad.
Salió de casa al volante, sin imaginar que ese trayecto, en apariencia sencillo, marcaría el inicio de una cadena de contratiempos. La ruta fue corta, apenas se llevó diez minutos por calles aún mojadas por la lluvia de la noche anterior. Se estacionó frente al banco, bajó con tranquilidad, hizo fila en el cajero automático y salió tan rápido como había llegado. Todo parecía estar bien.

Pero al volver al auto, algo no estaba bien. Giró la llave. Nada. Lo intentó de nuevo y solo había un silencio. Como si aquel vehículo también sintiera el peso de la despedida y se negara a dejarlo ir. El auto de su madre, ese que lo había llevado de un lado a otro, no quiso arrancar. El embrague, silencioso y traicionero, había cedido justo esa mañana. Y así, con un pendiente resuelto pero un problema mayor entre manos, Marcos entendió que el día no sería fácil.
Intentó una, dos, tres y más veces. Aquel auto rojo reflejaba la pesadez del día y de los viajes que había llevado. Cuando por fin despertó, la conciencia y la moral recordaron que no podía dejarle nada roto a su madre. Ser hijo también es detenerse y arreglar las cosas.
— “Ahora debo encontrar un mecánico” — se decía Marcos, mientras las manecillas del reloj lo traicionaban y se burlaban de él. Para ese entonces, eran las ocho de la mañana.
Pero en Cárdenas, los mecánicos tienen su propio ritmo. No corren, no se anticipan. Su jornada empieza a las nueve, ni un minuto antes. Las manecillas del reloj avanzaban, y cada minuto parecía burlarse del poco tiempo de Marcos, quien ahora era un prisionero de la espera.
Debía estar a las diez en la terminal del ADO, donde una van lo llevaría al aeropuerto de Villahermosa. Todo estaba calculado, cronometrado, como si el día pudiera respetar los planes. Pero el tiempo cuando quiere, se vuelve cruel, y ese viernes 13 lo era.
A las nueve de la mañana encontró un taller abierto. Lo recibió un mecánico con una sensación de calma y una mirada experta, como si escuchara al auto hablarle en un idioma que solo él comprendía. Lo revisó, escuchó sonidos y luego se agachó, metió medio cuerpo bajo el vehículo y, tras unos minutos de silencio, dio el diagnóstico.
— “Es el embrague, se dañó por la humedad. Seguro se empapó con la lluvia de anoche”
Marcos asintió con resignación. Era justo lo que temía, una falla caprichosa provocada por una tormenta que llegó sin pedir permiso. El mecánico comenzaba su trabajo. Utilizaba herramientas, limpiaba piezas y volvió a probar. El auto ahora tenía decisión,
Sin embargo, el reloj no se detuvo ni un segundo. Llegaron las diez. La van del ADO, puntual, ya debía estar saliendo sin él. Marcos sabía que no llegaría. Sabía también que no podía dejar a su madre con ese problema a medias. Y unos diez minutos después, el mecánico le entregó las llaves, con la satisfacción de que había solucionado el problema.
El auto estaba listo para continuar, pero el día, ya desde temprano, había decidido que no daría tregua. Su boleto ya era un pedazo de papel perdido. Y ahora, tendría que encontrar otro camino para llegar al aeropuerto, uno que debía recorrer sin demora.
— “Lo peor que me puede pasar es perder el vuelo”.
Esas fueron las palabras de alguien que con ingenuidad aún creía que el destino le tenía piedad.
Volvió a casa, recogió sus cosas y salió rápido. No hubo tiempo ni para un pequeño almuerzo. Eran las 10:45 y el nuevo plan comenzaba. Marcos abordó un autobús de la línea Sur con destino a Villahermosa. Sentado junto a la ventana, sintió que por primera vez en todo el día algo salía bien. El cielo seguía melancólico, pero el camino estaba despejado, sin tráfico ni sobresaltos. Una pequeña victoria. Una media hora después, antes de las 11:30, ya estaba pisando la capital tabasqueña.
Bajó del autobús y sacó su celular con manos aún tensas y pidió un Uber. Para su sorpresa y alivio, el conductor llegó de inmediato, un auto gris y un conductor mayor que lo saludó con un gesto cortés, sin hablar demasiado. Era de esos choferes que no necesitan conversación para transmitir tranquilidad. En el camino no hubo tantas interrupciones. Se encontró con más semáforos verdes que rojos. Marcos iba casi incrédulo, como si temiera que en cualquier momento todo volviera a torcerse.

Aproximadamente a las 12:30, después de una exhausta carrera contra el tiempo, llegó al aeropuerto. Entró sin prisa, con esa falsa calma que a veces sigue al cansancio. No había comido más que un sorbo de café horas antes, pero no importaba. Estaba ahí, en el lugar correcto y con el tiempo suficiente. Se dirigió a la sala de espera, revisó su boleto y se sentó con la certeza y alivio de que lo peor había quedado atrás.
Una hora más. Solo eso. Un poco de espera, y el cielo lo devolvería a Guadalajara. Se acomodó, sacó el celular, respiró hondo. El caos parecía haber quedado en la carretera. Pero el destino, como los viernes 13, tiene un extraño sentido del humor. Porque lo peor nunca avisa. Solo se presenta. Y casi siempre, llega cuando uno ya había bajado la guardia.
Eran la 1:30 de la tarde cuando una voz apareció con la calma de quien no quiere alarmar, pero tampoco consolar. Dijo algo que nadie se esperaba, algo que nadie quería oír. El vuelo se retrasaba. Sin razones. Sin prometer hasta cuándo. Era una voz tibia, educada, casi amable. Solo un “hay que esperar” que quedó flotando en el aire, suave pero impreciso, que dejó a todos colgando de la nada.
Las manecillas avanzaban y la sala de espera se convertía en una sala de resignación. Marcos se sentó entre otros tantos rostros hundidos de incertidumbre. Frente a él, un campechano, un chiapaneco y un yucateco, en lo que parecía un chiste mal contado de la geografía murmuraban teorías.
— “No es por el clima. Yo vi cómo le metían mano al avión. Seguro tiene fallas”
Y en esa frase se condensó la única verdad del día, algo andaba mal. La tormenta estaba en el fuselaje.
Eran las cuatro de la tarde cuando entregaron vales de comida como una forma de compensar la espera. Marcos recibió el suyo con resignación, sabiendo que no solucionaba todo, pero al menos ofrecía un respiro. Una hamburguesa y unas papas fritas acompañaron su tarde incierta. No era mucho, pero era lo único que podía comer en medio de aquel viernes de incertidumbre.
El aeropuerto siguió girando lento, las manecillas del reloj no descansaban. Las horas pasaban, pero nadie se movía. A las seis de la tarde, les confirmaron lo sospechado. Esperaban que otro avión se desocupara. Nada más. Nada menos.
Y así continuaba el día, entre rumores, suspiros y paneles de cristal que reflejaban rostros cansados. Las horas avanzaban sin prisa. Llegaron las ocho. Le siguieron las nueve, y para entonces, ni las paredes parecían distinguir si aún era de día o ya había llegado la noche.
A las once, cuando la espera comenzaba a ser eterna, finalmente apareció el avión tan esperado. Venía de Tuxtla Gutiérrez, como si el sur, generoso, le prestara a Marcos las alas que el occidente le había negado. Por fin abordó. Dos horas después, a las dos de la mañana del sábado 14, Marcos llegó a Guadalajara y aliviado pisó suelo tapatío.
Apenas unas horas después de haber llegado y a medio dormir, Marcos tuvo que levantarse para ir al trabajo. Porque hay días en los que simplemente no hay respiro. Hay días que se recuerdan no por el destino, sino por la forma en que nos mantuvimos de pie.
Fueron más de doce horas de trayecto. Una jornada tan ilógica y desgastante que parecía escrita par aponer a prueba la paciencia humana. El viernes 13 hizo honor a su reputación, cumpliendo con cada cliché de la mala suerte.






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