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Manos a la obra

  • Emily Gómez Cabrera
  • 6 abr
  • 2 Min. de lectura

Por: Emily Gómez Cabrera


Ángela era una ama de casa que no necesitaba de nada más: tenía una familia preciosa, buena solvencia económica y una casa propia. Durante mucho tiempo, sus actividades de recreación no iban más allá de visitar a su familia, amigos y vecinos; pero, conforme pasaba el tiempo, la rutina terminó absorbiéndola y el aburrimiento comenzó a formar parte de su día a día.


Fue un día, mientras recogía a sus hijas en la escuela, cuando escuchó la conversación de unas mamás hablando sobre clases de maquillaje.


Eso le dio la idea de aprender algo relacionado con la belleza. Nunca se consideró una persona interesada en producirse demasiado en cuanto al rostro; sin embargo, siempre fue fanática de los diseños en uñas, así que supuso que, entre los días de limpieza y el ayudar a su hija con las tareas, podría aprender algo en sus tiempos muertos.



Comenzó viendo videos en YouTube y TikTok. Los consejos que compartían las personas que subían esos videos le sirvieron para aprender cosas bastante básicas. Conforme su nuevo interés fue creciendo, su práctica le daba mejores resultados, lo que le permitió atreverse a aprender técnicas cada vez más difíciles y, por ende, comprar cada vez más materiales.


Sus amigas y hermanas comenzaron a notar los diseños que ella se hacía cada vez que iban a alguna reunión o salían juntas. Recibía comentarios muy lindos respecto a los diseños que ella misma había creado. En el cumpleaños de su hermana menor, se ofreció a regalarle un tratamiento de uñas y su diseño; luego fue una de sus amigas, después una vecina se acercó a ella para preguntarle cuánto cobraría por un servicio y, casi sin darse cuenta, empezó a tener tres clientes por semana, y con el paso de los meses, más.


Ángela me cuenta que, durante los tres años que lleva ejerciendo este oficio, al que llegó casi por casualidad, se ha dado cuenta de la importancia que tiene para una persona el sentirse bella. Durante este tiempo no solo ha atendido mujeres, sino que poco a poco también han llegado personas que pertenecen a la comunidad trans.


Este tipo de trabajos no son necesariamente considerados esenciales en la vida de una persona; no es vital tener a alguien que pinte y arregle uñas en la sociedad, como lo es tener un médico. Sin embargo, ella considera que no se debe menospreciar su oficio, porque el valor que puede aportar a alguien el tener un diseño que le agrade en sus manos puede mejorar su estado de ánimo y su autopercepción.


Ángela me cuenta que este tipo de reflexiones comenzaron a surgir durante los días en los que empezó a trabajar con mujeres que nunca habían tenido este tipo de servicio: mujeres mayores que pasaron gran parte de su vida negándose el lujo de poner empeño en algo tan cotidiano como sus manos. Personas que encuentran importante adornar sus dedos para afirmar, a través de ellos, cómo se sienten consigo mismas, o para recordarse lo femeninas que pueden ser, sin importar si trabajan en oficina o en labores pesadas.

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