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Pasteles y cupcakes

  • Emily Gómez Cabrera
  • hace 4 días
  • 2 Min. de lectura

Por: Emily Gómez Cabrera


Diana dio sus primeros pasos en el mundo de la repostería gracias a sus dos abuelas. No se volvió experta de la noche a la mañana, pero siempre las ayudaba cada que alguna de ellas preparaba algo. Entre fiestas de cumpleaños y celebraciones decembrinas, aprendió a hacer bizcochos y budines de pan viejo, recetas que con los años se quedaron con ella para saciar algún antojo, pero que, cuando vivió como foránea para estudiar la universidad, fueron su salvación ante la falta de dinero.



Siendo las pocas recetas de postres que sabía hacer, comenzó a venderlas en la escuela entre sus clases. Con el paso del tiempo, se dio cuenta de que no era lo único que podía vender y que sus compañeros no eran las únicas personas a quienes podía ofrecerles sus productos.


Aunque con un poco de miedo, se atrevió a acercarse a los alrededores de donde vivía para empezar a promocionar los postres que iba aprendiendo a hacer a través de videos en internet. Poco a poco se volvió conocida entre sus vecinos y familiares. Con el pasar de los años y la práctica que fue adquiriendo, sus bizcochos pasaron a ser pasteles y sus pastelitos se transformaron en cupcakes.


Cuando aún cursaba alrededor del cuarto semestre de la carrera, los fines de semana que utilizaba para visitar a su familia comenzaron a convertirse en días de trabajo para cumplir con los pedidos que recibía entre semana. Aún recuerda los dolores de cabeza que le causaba tener que hacer tareas y pasteles de cumpleaños al mismo tiempo, hace casi diez años, cuando, aunque ya tenía acceso a internet, no contaba con una inteligencia artificial que le hiciera resúmenes de los capítulos que debía leer de un día para otro.


Casi al final de la carrera comenzó a hacer trueque con algunos de sus compañeros, dándoles postres o pasteles a cambio de cierto número de tareas que no podía realizar en épocas de exámenes. De una forma u otra, debía mantener sus calificaciones y su principal fuente de ingresos en ese momento.


Ahora, a pesar de haber terminado su carrera, no la ejerce, sino que trabaja en una panadería y realmente lo disfruta. No mira al pasado con arrepentimiento por no vivir de lo que estudió, porque durante esa etapa también aprendió a administrar su tiempo y a perfeccionar sus habilidades en el horno, herramientas que hoy le permiten ganarse la vida.

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