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Crónica del juego de las cuotas: Entre sacrificios y silencios

  • Vanessa Peralta Escalante
  • 6 sept 2025
  • 7 min de lectura

La mañana del 3 de julio inició como las que ya acostumbra Cárdenas. Densa, calurosa, un poco pegajosa. Una de esas mañanas que hacen sudar las ideas y evaporar la paciencia.

Pero no era una mañana cualquiera. Ese día estaba llamado a ser importante para la Secundaria Técnica 10. Los padres de familia habían sido convocados a una reunión para conocer los últimos detalles del cierre de ciclo escolar y elegir a la nueva sociedad de padres. Una decisión que, aunque parecía rutinaria, marcaría el rumbo de los próximos meses dentro de la escuela. Algunos lo sabían, otros solo lo ignoraban. Nadie imaginaba que esa reunión se convertiría en el reflejo de un sistema que muchas veces no escucha, no valora, ni reconoce el esfuerzo de quienes sí cumple.

Verónica, como muchas madres, despertó temprano. A las seis, comenzaba su día y el día avanzaba detrás de ella. Aproximadamente a las 6:15 am, dejó a su hija en la secundaria. Le quedaban más de dos horas antes de la esperada reunión de padres a las 8:30 am. Pero no iba a quedarse quieta viendo pasar los minutos.

Esa cálida mañana, decidió ganarle al tiempo y se dirigió a la deportiva. Caminó con pasos firmes, como si cada vuelta a la pista borrara la espera. Y así continuó su mañana, caminando entre otras personas, cada una en su mente, concentradas en sus rutinas. Cuando el reloj marcó las siete, decidió que sería la última vuelta, tomó un tiempo para descansar y a las 7:15, decidió partir.

Se subió al auto y sin prisa, se dirigió a Chedraui para terminar unos pendientes en su hogar. Decidió que buscaría un desayuno improvisado pero suficiente. Al salir de la tienda, se dirigió a la escuela, se estacionó y esperó pacientemente. Afuera, el sol comenzaba a quemar, y dentro del auto, Verónica le daba la primera mordida a la manzana. Parecía preparase para algo más grande que una simple reunión. Era un compromiso. Un acto de responsabilidad que muchos padres como ella asumen sin que nadie se los recuerde. Porque les importa. Porque están.

Eran las ocho en punto cuando el movimiento se hizo más evidente. Los padres de familia comenzaban a llegar, uno tras otro, como piezas dispersas que iban encajando en una coreografía involuntaria. El acceso principal de la secundaria se volvió un pequeño escenario donde desfilaban expresiones de todo tipo. Había rostros serenos, resignados y otros con la impaciencia marcada en la frente; y unos cuantos, con ese gesto crispado que delata molestia contenida. Era, sin quererlo, un catálogo de estados de ánimo, reunido bajo el mismo sol y por la misma razón.

Todos sostenían en la mano su invitación, listos para una función obligada, una de esas funciones que pocos desean ver, pero muchos están condenados a presenciar. Diez minutos después, las puertas comenzaron a abrirse lentamente. Una mujer, parte de la mesa directiva saliente, los recibía con el protocolo aprendido de memoria. Lista en mano, mirada rápida, cortesía breve. Pedía la invitación, tachaba un nombre y permitía el paso.

Aquel grupo de padres se dirigían entonces al domo de la escuela, donde los esperaba un mar de sillas de plástico perfectamente alineadas, vacías aún, como testigos mudos de una historia que apenas iba a comenzar. El aire bajo el techo del domo era espeso, como si supiera que esa mañana no habría espectáculo, sino tensión administrada con voz de reglamento.

Las manecillas del reloj marcaron las 8:30. La hora acordada. No había alguien al frente. La tan ansiada reunión debía esperar. Solo había murmullos, palabras en dientes y cada minuto que pasaba aumentaba el número de rostros molestos. Algunos miraban el reloj, otros el celular. Era una espera que comenzaba a sentirse como una falta de respeto.

Unos minutos después, finalmente, el director, el maestro Vargas, apareció. Con un cordial saludo de bienvenida, recibió a los padres y como lo esperaba, no eran todos, apenas unos ciento treinta. Serio, resignado que no llegarían más, tomó el micrófono y con voz serena comenzó leyendo cláusulas de la Asociación de padres de familia. Lo hacía como se leen prólogos olvidados, con formalidad, pero sin demasiada pasión. El silencio entre los presentes dejaba claro que aquello marcaría el rumbo de lo que vendría.

— “Se necesita el 50% más uno para legitimar la asamblea” dijo del director.

Sus palabras cayeron como un balde de agua fría. Aquel grupo de padres se miraba entre sí, otros apartaron la vista. No eran ni una cuarta parte del total de padres. La reunión se volvió una competencia silenciosa entre legalidades y decepciones.

Fue entonces cuando una madre alzó la voz, con la rabia contenida, alzó la voz.

— “Yo pedí permiso en mi trabajo para venir, ¿y ahora dicen que no sirve de nada?”

Ahí estaba el sentimiento que compartían muchos en ese lugar. Padres y madres que se levantaron más temprano, que modificaron sus jornadas, que dejaron encargos, que pausaron su empleo, que llegaron corriendo desde otros compromisos, Padres que sí fueron, no por obligación sino por convicción. Y que, al escuchar que no se podía avanzar, sintieron que su esfuerzo había sido invisible.

El director, con un tono que pretendía calmar, invitó a otro padre de familia, uno conocido por él y entonces, el Licenciado Oscari, abogado y vecino de la escuela, figura conocida por el municipio, tomó el micrófono y dijo

— “Sí se puede hacer la reunión, pero si alguien con poder legal la impugna, cae todo”

La incertidumbre fue creciendo. El ambiente comenzaba a tensarse. Ya no eran murmullos. Las quejas eran ahora reclamos.

El director intervino, avanzó unos pasos, con la compostura de quien ya ha lidiado con muchas reuniones como esa dijo:

— “El reglamento dice que, si a la segunda convocatoria tampoco llega el 50% más uno, entonces la reunión se valida con los que estén. Y los que no vengan, tendrán sanción administrativa. Se levanta acta. No habrá queja válida después”.

Las palabras se esparcieron por el lugar como una ola silenciosa. Nadie respondió. Nadie se movió. Pero muchos pensaban lo mismo. ¿Por qué tiene que haber una segunda vez? ¿Por qué el sacrificio de hoy no basta?

Pensando que había llegado el momento de restaurar la calma, el director soltó lo que creyó una buena noticia

— “La sociedad saliente ha manejado los recursos con honestidad. Hay cuentas claras. Y quedan 17 mil pesos”.

La cifra flotó en el aire como una burla involuntaria. El silencio no se rompió, pero se tensó.

— “¿Y por qué tan poco? ¿Dónde quedó el diez de mayo?” preguntó una madre, con el ceño fruncido y la voz firme.

El director trató de explicar que aquel festejo no se realizó porque el turno matutino tuvo que solventar pagos que le correspondían al vespertino. No fue una explicación. Apenas un intento de suavizar la grieta.

Pero para muchos, esas palabras fueron un recordatorio incómodo. Un recordatorio de que, a veces, el esfuerzo que hacen para pagar las cuotas, asistir a reuniones o cumplir con inscripciones, termina diluido en decisiones ajenas. Que lo que entregan con sacrificio se reparte sin preguntar. Que mientras ellos ajustan presupuestos para que sus hijos no falten, no se queden atrás, no les falte nada en la escuela, hay momentos en que parece que ese esfuerzo se regala, que no regresa en beneficios visibles para sus hijos.

Y eso duele.

Duele porque detrás de cada peso entregado hay un turno extra, una venta informal, una comida ajustada. Y cuando la transparencia falla, o las decisiones no se explican bien, se instala esa sensación amarga de que uno cumple… pero el sistema no.

Otra madre se puso de pie. Su voz no fue alta, pero llevaba filo.

— “¿Y eso por qué lo cubrimos nosotros?”

No hubo respuesta contundente. Solo evasivas envueltas en lenguaje formal. Y ese silencio fue, en sí mismo, una respuesta. Una de las más duras.

No se imponen. Son cuotas voluntarias. Pero están ahí, como un recordatorio de que el esfuerzo económico existe, aunque sea desigual. Y aunque nadie está obligado a aportar, muchos padres lo hacen por compromiso, porque desean lo mejor para sus hijos. No se trata de juzgar a quien no puede, sino de reconocer a quien si puede… y lo hace, aunque le cueste.

Entonces, el director dio por terminada la reunión.

— “No tiene caso alargar esto. El martes ocho nos vemos otra vez. Se fijará todo ahí”

Y así fue la tan ansiada reunión de padres.

Sin acuerdos. Sin nueva mesa directiva.

Por ahora, la sociedad de padres saliente continuará atendiendo los asuntos administrativos, mientras se espera que en la siguiente convocatoria se logre la asistencia suficiente para reorganizarla.

Dicho eso, el director comenzó a despedirse. Lo hizo con la cortesía cansada de quien no busca convencer, sino cerrar el acto.

Solo unos pocos quedaban en el domo, como ecos de la reunión. Entre ellos, el director y la presidenta saliente de la sociedad de padres intercambiaron palabras en voz baja. Conversaban con la serenidad de quienes llevan tiempo lidiando con este tipo de reuniones. Y aunque no había euforia ni triunfos, tampoco se marchaban con las manos vacías.

Se retiraron juntos, con paso lento, entre las últimas sombras de las sillas vacías. Quedó entre ellos la certeza de que, aunque no había terminado del todo, algo se había completado. Una etapa. Un paso. Una espera que abría espacio para lo que vendría.

El resto se fue en silencio, con paso lento, como si cargaran algo que no eligieron, una especie de incomodidad muda. Se alejaban entre murmullos apagados, cada uno regresando a sus rutinas sabiendo que algo había quedado sin resolver.

Verónica volvió a su auto. El asiento seguía caliente, como si la espera nunca se hubiera ido. El corazón de su manzana y el yogurt vacío seguían en su lugar, como si el tiempo no hubiera pasado, como si nada hubiera cambiado.

Afuera, sol seguía golpeando con la misma intensidad, indiferente.

Dentro de ella, persistía la certeza de que la historia no había terminado.

Porque en aquella secundaria, como en muchas otras escuelas, las decisiones importantes no se toman en un solo día. Se postergan. Se empujan. Se arrastran.

Y mientras eso ocurre, los padres que, si llegan, los que se esfuerzan, los que hacen espacio donde no lo hay, salen con la amarga sensación de que su esfuerzo no cuenta.

Y el próximo martes, volverían.

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