top of page
2.png

Un platillo de paciencia

  • Emily Gómez Cabrera
  • 21 may
  • 2 min de lectura

Por: Emily Gómez Cabrera


Trabajar en servicio al cliente es uno de los oficios que, a mi parecer, no recibe el mérito que merece. No necesariamente hay que pertenecer a una empresa y atender llamadas de clientes con quejas sobre un producto o servicio en particular. Mucho del servicio al cliente proviene de personas cuyo trabajo principal es atender a los compradores y vender productos, pero que, por falta de personal, también deben cumplir con esa función.



Durante mis pláticas con amigos que han tenido que ayudar a sus padres en sus negocios, o que han trabajado para sostener sus estudios, he escuchado cómo han tenido que asumir el rol de atender quejas y resolver dudas de clientes confundidos. Uno de ellos, que fue mesero por menos de tres meses, tuvo que explicarle a un cliente que no podían aplicarle un descuento en su cuenta solo porque no se había terminado el platillo. Le recalcó que “se cobraban los ingredientes y la comida preparada, no si se la comía completa”.


En más de una ocasión tuvo que recibir comentarios de clientes enfadados que buscaban desquitar su descontento con él, como si pudiera cambiar algo de su situación. Una vez, durante las fiestas patrias, había descuentos en todos los platillos catalogados como comida mexicana. Entonces tuvo que explicar muchas veces que aquel descuento no aplicaba en desayunos como hotcakes o huevos estrellados. Más de dos veces tuvo que llamar al encargado para que les explicara a los clientes lo mismo que él ya les había dicho.


Cuenta que, aunque no duró mucho tiempo ahí, sintió que había pasado por una prueba de paciencia interminable. Tuvo que aprender a controlar su lengua para no contestarles a los comensales ante preguntas tontas y quejas sin sentido.


“No le dan el crédito que merece a la gente que trabaja atendiendo a otras personas”, me dijo. Tener que tratar todos los días con tantas personas, cada una con vidas y personalidades distintas, se vuelve desgastante. Peor aún cuando gran parte de la gente tiene malos modales o llega estresada por la vida y el mundo en general, y termina descargando esos malos tratos en quien la atiende.


Aunque pudo haber continuado trabajando allí, porque le permitía tener turnos de medio tiempo y una buena paga, decidió no seguir. En el siguiente semestre tendría que hacer su servicio social y no podría manejar, al mismo tiempo, estudiar, trabajar y cumplir con esa responsabilidad durante todo un semestre.

Comentarios


bottom of page