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Crónica: La noche que casi no terminó

  • Foto del escritor: Noticias a la 8va
    Noticias a la 8va
  • 2 sept 2025
  • 5 min de lectura

Carreteras como cuchillos. Oscuras, largas, frías. Cortan el país por la mitad. Y en la madrugada, cuando el mundo duerme y el cansancio se arrastra por los párpados como una niebla espesa, son también una trampa. A esa hora, aproximadamente las dos de la mañana la carretera que dirige a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, era apenas un trazo de sombras mojadas por el rocío. Y sobre ese trazo avanzaba un tráiler con una carga de medicamentos y un hombre de 48 años detrás del volante. Un hombre cansado. Un hombre que no imaginaba que estaba a punto de perderlo todo.


El 20 de noviembre de 2022, día emblemático para México, día de la Revolución Mexicana, pero para la vida del señor Luis Alberto Jiménez comenzaba con su propia revolución; el choque de dos bestias de acero en medio del silencio. Un tráiler contra otro. El cuerpo contra el metal.En el oficio de trailero, la noche no es descanso. Es rutina. El señor Luis Alberto Jiménez llevaba años enfrentando las carreteras como si fueran parte de su cuerpo. Y en parte lo eran. Los callos en las manos, las marcas en la espalda, el oído entrenado para detectar un cambio en el motor antes de que se note. Pero el cuerpo, a veces, se rinde.


Y esa noche se rindió.

Un instante de somnolencia, un pestañeo que duró una vida, y el golpe. El estruendo. El fin.Recuerda haber bajado del tráiler. Recuerda que su cuerpo ya no era su cuerpo. Que el dolor aún no dolía porque la mente estaba ocupada tratando de entender. Se acercó al otro conductor. Le dijo, con voz apenas sostenida:— “Llámale a mi esposa”.Y luego cayó. La conciencia se apagó. Todo lo demás le fue contado.Del otro lado, en Cárdenas, su esposa dormía. O lo intentaba, hasta que el teléfono sonó en la madrugada. “A esa hora sólo llaman por desgracias”, diría después. La llamada le hundió el estómago. No sabía que su esposo estaba entre fierros retorcidos, costillas quebradas y sangre que no paraba.


Su esposa, Marisela Yedra, no tardó en moverse. Afortunadamente, tenía familia en Tuxtla. Movió contactos, pidió ayuda. Informó a quien debía informar, a los hermanos César y Juan y a su padre. Pero a los hijos, no. No todavía. Había que esperar a la mañana.

Al día siguiente, además, su hijo mayor, Carlos, cumplía 15 años. Había pastel. Globos. Había ilusión. No debían saber aún que su padre se debatía entre la vida y la muerte. O al menos de una forma tranquila.


La atención médica llegó, pero los médicos en Tuxtla no dieron muchas esperanzas. Diabético. Hemorragia interna. Fracturas. La cara deformada por el golpe. El tráiler que manejaba, partido en dos. La caja intacta, sí. Pero todo lo demás, su espacio de trabajo, su refugio en movimiento pulverizado. Como su cuerpo.


El hospital era blanco. Blanco quirúrgico. Blanco pálido. Blanco que no cura. Y también frío. Y áspero. Así lo describiría él días después, cuando por fin pudo hablar. Mientras tanto, su cuerpo, roto, era atendido por manos veloces y frías. Le diagnosticaron siete costillas fracturadas. Hemorragia interna. Tabique nasal deshecho. La glucosa descontrolada. No daban muchas esperanzas.Pero resistía. Allí, en esa sala blanca, se libraba una batalla muda. El conductor peleaba desde la inconsciencia.


Su esposa, desde la angustia y sus hermanos César y Juan se movieron rápido, y llegaron, también llegó su padre José Luis. Con él no hablaba desde hacía siete años. No porque no tuvieran palabras. Sino porque el silencio se había impuesto después de la muerte de su madre. Y ahí estaban, en el mismo hospital, por la misma persona, por el mismo accidente.“Vi a mi esposa, con lágrimas en su rostro”. Llena de angustia y los ojos hinchados de tanto llorar. Se acercó a la cama con pasos contenidos, como si el más leve sonido pudiera lastimarlo aún más.


Lo vio ahí, inmóvil, con tubos invadiendo su cuerpo y máquinas marcando el ritmo que él ya no podía sostener por sí solo. Se sentó a su lado. Le tomó la mano. Y aunque él apenas podía abrir los ojos, la sintió.— “Estoy aquí”, le susurró.

No hubo grandes discursos, ni promesas melodramáticas. Solo palabras pequeñas, de esas que caben en la palma de la mano.— “Te necesito. Nos necesitas. No te vayas”.Fueron sus palabras, apretó suavemente su mano. Como si en ese gesto condensara toda una voluntad de seguir vivo.— “Tú papá está aquí, quiere verte, pero solo si lo permites”. “No pensé que estaría en esta situación”, pero aceptó que pasara. Entonces pasó, su padre, el señor José Luis entró. Se vieron. Se dijeron lo que había que decir. Porque “hay cosas que se entienden mejor al borde del final”.

Porque a veces uno prefiere irse limpio, sin deudas de sangre. Sin pendientes emocionales. Si la muerte estaba cerca, que no se lleve también los rencores.—Gracias por estar —le dijo. El padre asintió. Y por primera vez en años, volvieron a ser padre e hijo. Sus hermanos entraron también. Luis Alberto Jiménez, con un hilo de voz, les hizo un encargo:—Si no la libro, cuiden de mi esposa. De mis hijos. Ellos son mi mayor preocupación.


Ese 20 de noviembre su hijo cumplía 15 años. Mientras el pastel no se cortaba, su padre luchaba por seguir vivo. En una cama. En una ciudad ajena. Rodeado de máquinas que respiraban por él.Con la poca fuerza que tenía, le pidió a su esposa Marisela algo que no podía esperar más.— “Llámalo. A Carlos. Necesito decirle que lo amo… y que perdón por no estar”.


La esposa dudó, apenas un segundo. Luego sacó el celular, marcó. Al otro lado de la línea, una voz joven, aún con el tono de angustia, de quien espera noticias buenas de su padre, respondió. Y él, desde esa cama de hospital, estático, habló.Con esfuerzo. Con lágrimas. Con ternura y culpa mezcladas en una sola frase:— “Feliz cumpleaños, hijo. Perdóname por no estar. Te prometo que haré todo… todo para volver”.


La llamada duró poco, pero fue suficiente para coser, aunque fuera con hilo fino, el pedazo de corazón que sentía roto.Pasaron los días. Las agujas, los tubos, las inyecciones. Pasaron plegarias susurradas. Pasaron noches largas en la sala de espera. Y el cuerpo, poco a poco, comenzó a responder.


A curarse. A resistir más. A doler menos.


Una semana después, le dieron de alta. Volvió a Cárdenas. El viaje fue lento. Pero al llegar, al ver a sus hijos, a quienes creyó no volver a ver, lloró.“Lloré como no lo había hecho en toda mi vida”. Lloró por todo lo que pudo haber sido y no fue. Lloró por los días que pensó que no existirían.Pasaron los días, llenos de cuidado y un mes después, tocaba revisión médica. Radiografía de control. Él aún respiraba con dolor. Sentía los crujidos internos.


Esperaba ver sus costillas marcadas en las placas como mapas rotos. Pero no.“El doctor miró las imágenes, volvió a mirar y frunció el ceño” —Esto no tiene explicación médica —dijo.

Las costillas estaban íntegras. Sin fracturas. Sin rastro. Como si nunca hubieran estado rotas. Como si el cuerpo se hubiera negado a conservar memoria del accidente.Él ya tenía su propia explicación. No médica, pero sí definitiva, Dios. Su fe. Su madre. Para él no había duda: fue un milagro.

“Hoy, casi tres años después, sigo recorriendo las carreteras”. Las conoce como se conoce a un viejo enemigo que un día lo pudo matar. Va más lento. No por miedo, sino por conciencia. Agradece más. Abraza más. Cree más.Vive como si cada día fuera una segunda oportunidad. Porque lo es. Y cuando alguien le pregunta por aquella madrugada de noviembre, no dice mucho. “Hago una pausa. Miro a lo lejos y digo con calma”:—Fue el accidente más grave de mi vida.

Pero también fue el que más me enseñó a vivir.


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