Crónica: Una tarde para nadie
- Vanessa Peralta Escalante
- 7 sept 2025
- 4 Min. de lectura
Eran las tres y media de la tarde y el sol ya no calentaba, torturaba. De esos soles que parecen ensañarse con la piel, que no solo brillan, sino que pican, se pegan, traspasan el alma. En Cárdenas, Tabasco, cuando el calor se lo propone, hace que hasta el pavimento sude. Así estaba ese 23 de mayo, cuando uno de esos días comunes decidió volverse insoportablemente inolvidable.
El Hospital General del IMSS, ese edificio blanco como si su color intentara engañar a los ojos, no parecía un lugar de alivio. Parecía un escenario donde el tiempo pasaba sin hacer su trabajo. Afuera no había nadie vigilando la puerta, ni un “buenas tardes” ni una mirada hostil.
Solo un hombre con uniforme azul, que debió ser guardia, pero parecía sombra, sentado bajo el único árbol visible, intentando lo imposible, escapar del calor sin irse.
Yo iba con mi madre, atravesando esos pasillos tan blancos que no son bonitos, ni modernos, solo blancos de un blanco tan blanco que te lastima verlos. Como si el color intentara borrar las historias feas que pasan allí dentro. Caminamos por ellos, y el frío del aire acondicionado nos fue pegando de a poquito, como si el cuerpo tuviera que pagar una cuota por cada paso que daba. Afuera te quemas, adentro te congelas. En medio, la espera.
Una puerta gris, era la entrada al área de consultas. Ahí fuimos. Preguntamos por la anestesióloga. “Aún no llega”, nos dijo una asistente con voz cansada. Nos sentamos. A esperar.

Frente a nosotros, una señora de unos 50 años, con un vestido blanco con negro que parecía haber vivido mejores días. El cabello alborotado, el ceño fruncido. A su lado, otra mujer más joven, pero ya con el rostro marcado, como si la vida le hubiera ido dejando cicatrices invisibles. Venía con su padre, un señor mayor que apenas podía sostenerse. La vejez lo había alcanzado. Lo notabas en los movimientos, en el suspiro que le salía al sentarse, en esa bolsa quirúrgica colgando como una señal del cuerpo cansado. Estaba sentado en aquella silla era gris, como todas en esos lugares, incómoda y fría, hecha para que nadie quiera quedarse más tiempo del necesario, como si eso dependiera de uno.
A la izquierda, un grupo de unas veinticinco personas. Todos esperaban al médico internista. Se veían agotados. Algunos en silencio, otros moviendo las piernas, otros leyendo papeles como si eso adelantara el tiempo. Eran jóvenes, viejos, hombres de campo, señoras con gafas, estudiantes, padres, madres. Todos con el mismo deseo disfrazado de resignación, que el médico llegue, que el número pase, que el cuerpo aguante.
Pasaban los minutos. La incomodidad empezaba a doler, pero no en la espalda, sino en el orgullo. La asistente se levantó. Llamó a los que esperaban al médico internista. El movimiento fue automático, casi desesperado. Se levantaron como si corrieran por un premio. Se empujaban, murmuraban nombres, trataban de llegar primero al escritorio. Olvidaron la educación, olvidaron que el otro también duele. Hasta a los ancianos los hicieron a un lado. Porque en ese tipo de esperas, el que no empuja, se queda.
Y entonces, el choque de realidad. La noticia se deslizó con la misma intensidad que una piedra lanzada a la cara, no habría médico, no hoy.
—El doctor no vendrá. Tuvo una junta con el personal administrativo. Es subdirector. Lo reagendaremos.
Las palabras salieron secas. Sin adornos. Como si fueran parte de un libreto gastado. Aquella asistente de blusa blanca ya parecía saberse el final, hablaba sin levantar la voz, con un rostro que representaba esa mezcla de vergüenza ajena y cansancio que sólo tienen los que reparten excusas que no son suyas.
Y lo inevitable ocurrió.
Una señora, de esas de estatura baja, pero voz aguda, gritó como quien ya no tiene nada que perder:
—¡¿Cómo nos van a tener horas esperando para que no nos atiendan?! ¡Esto hay que publicarlo en el periódico!
Otra la siguió, como en una danza sincronizada de ira:
—¡Si no pueden hacer bien su trabajo, no deberían ser doctores!

Y luego vino el hombre. Uno alto, de algunos 57 años. Él fue más explícito, habló con un lenguaje lleno de obscenidades. Porque cuando ya no puedes hacer nada, insultar es lo único que te hace sentir que aún importas.
Y ahí estaban: los indignados, los frustrados, los cansados.
Pero también estaban los otros. Los resignados. Los que ya habían pasado por eso antes. Que sabían que gritar no adelanta la cita. Que sabían que el médico no va a salir corriendo de su junta porque alguien se molestó. Como ese hombre que recuerdo muy bien. Uno de quizás unos 45 años, con overol naranja manchado de tierra, un termo azul que probablemente ya estaba vacío y una cara de lunes eterno, lo raro es que era jueves. Lo miré.
Tenía las ojeras de los que madrugan y los hombros de los que cargan cosas pesadas. Solo preguntó si podía reagendar. Y cuando le dieron una nueva fecha, probablemente en dos meses más, se dio la vuelta. Y se fue. Sin decir nada. Como se van los que ya no esperan nada.
Para entonces, eran las 04:40 de la tarde. Una hora después, el aire acondicionado seguía congelando huesos, el sol seguía cocinando el techo, y el hospital seguía igual, lleno de gente que espera. Nadie más gritó. Algunos bajaron la cabeza. Otros sacaron el celular. Otros simplemente miraban al suelo, como si ahí hubiera una explicación que no llegaba.
Para entonces, mi madre finalmente pasó. La llamaron con voz apagada, casi como si pidieran disculpas por la espera, y ella se levantó. La vi desaparecer tras la puerta gris, esa que parecía tragarse a la gente por turnos. La esperé sentada en la misma silla, esa que ya conocía mi espalda de memoria. Fueron unos veinte minutos más de mirar rostros ajenos, de contar pasos de enfermeros, de escuchar cómo el hospital seguía respirando lento, entre quejidos y murmullos.
Cuando volvió, no dijo mucho. Asintió con la cabeza, como si con eso bastara. Y entonces nos fuimos, caminando por los mismos pasillos que ahora parecían aún más blancos, más largos, más fríos. Afuera, el sol seguía ahí, esperando como todos los que se quedaron dentro.
Esa tarde fue una de esas que no deberían ser recordadas, pero que se quedan. No por lo que pasó, sino por lo que no pasó. Porque no hubo consulta. No hubo doctor. No hubo soluciones. Solo hubo espera. Y a veces, la espera también enferma.






Comentarios