El Ruco
- Arturo Méndez
- 3 sept 2025
- 3 Min. de lectura
El sol era una plancha encendida desde temprano. En Cárdenas, Tabasco, el 24 de mayo de 2025 no amaneció: el calor se encendió sin pedir permiso. Eran cerca de las siete de la mañana y el Parque Juárez empezaba a tomar forma de escenario. Ahí, donde los árboles dan una sombra que apenas sirve y las palomas observan como si supieran más de la vida que uno, los empleados del Registro Civil ya cargaban sillas, mesas y papeles para las bodas colectivas del día.
Después llegaron los del Ayuntamiento, con sus propias ideas, sus propias prisas y sus propios egos. Aunque todos venían de la misma madre burocrática, cada uno traía su propio capricho. Se notaba en las miradas cruzadas, en los murmullos incómodos, en los gestos de una señora, la de piel ajada como uva pasa y tinte rojo infierno, que parecía querer dirigir todo con su puño y labial. Si la villana de “El diablo viste a la moda” hubiera sido de Cárdenas y medido metro y medio, esa señora le habría robado el papel sin audición.
Entre empujones verbales y miradas filosas, las aguas se calmaron. Ignoraron a la tirana y, con paciencia mexicana, cooperaron. Incluso yo, que sólo andaba como observador con mi cámara, terminé arrimando una mesa. El reloj marcaba las 8:10 cuando, milagrosamente, todo estuvo listo. Pero, como Dios creó al mexicano impuntual, aún no llegaban los novios. Me dejé caer en una banca, exhausto más por el calor que por el trabajo.
A mi lado, se sentó un hombre mayor. Lo había visto rondar durante el caos matutino. Me observó de reojo y preguntó sin rodeos:
—¿Trabajas con el Ayuntamiento? Negué.
—¿Y usted? —le conteste.
—Dios me libre, dijo, como quien suelta una maldición antigua. Solo vine a tomar fotos.
Así conocí a Don Torruco.

Un fotógrafo de la vieja escuela, con la piel curtida por soles como el de hoy y una lengua más afilada que cualquier lente. Dijo que lo habían invitado muchas veces a trabajar en el gobierno, pero que no tenía estómago para eso. Hablaba como quien lleva años viendo el mundo detrás de una cámara, con la seguridad de quien ha congelado más historias que las que ha vivido.
Me vio con mi cámara colgada y asumió que yo también venía a disparar. Me dijo que conocía a todos los fotógrafos del pueblo. Los llamó cerdos, puercos, ladrones, sinvergüenzas. Según él, eran expertos en bajar precios, malbaratar el trabajo ajeno, y no entregar nunca lo prometido.
—Ese chaparro sin cuello —me dijo, señalando sin pena a un tipo que acababa de llegar— es un puerco para entregar fotos. Si tú cobras 200, él llega y te lo deja en 100... pero ni entrega.
Me mostró su cámara. Comprada de segunda mano, en una casa de empeño. La anterior también la había empeñado cuando falló el objetivo. Lo contaba sin pena. La guerra por sobrevivir en este oficio era algo que llevaba con dignidad.
—Una foto bien tomada vale más que cien puerquesadas —dijo con solemnidad, como si recitara una máxima.
Y comenzó el desfile. Pareja que llegaba, pareja que cazaba Don Torruco antes que sus enemigos. En ese terreno de sombra débil y sudores compartidos, se libraba una guerra sin balas, pero con disparos: de obturador. Fotógrafo que se distraía, pareja que se le iba. Torruco se movía como un zorro viejo, elegante en su destreza.
Yo sólo observaba. No participaba en la cacería, solo la documentaba en mi mente. Como quien ve una danza tribal con cámaras en lugar de lanzas. La boda colectiva fue eso: amor bajo el sol y fotógrafos como hienas, buscando capturar el recuerdo antes que el otro.
Don Torruco era distinto. No el más rápido, pero sí el más astuto. No ofrecía descuentos, ofrecía historia. Y se la compraban. En algún momento, se sentó de nuevo a mi lado, me dejó una tarjeta blanca y sobria:
“Foto Torruco: estudio fotográfico, videofilmaciones de bodas, XV años y todo evento social”.
Y se fue. Como llegó. Sin despedidas, solo con la mirada puesta en otra pareja.
Al día siguiente, subí al camión para ir a clases. Al fondo del pasillo, como cada mañana, estaba Vanessa. Le conté la historia, como quien descubre a un personaje real salido de una novela, escucho toda la historia, hasta que mencioné el nombre.
—Don Torruco —le dije. Y su rostro cambió.
—¡¿Torruco?! —me interrumpió— Ese viejo me dejó mal con unas fotos . Me quedo debiendo.
Me quedé callado. El mismo hombre que despotricaba contra los "puercos", era, para ella, uno más de la granja.
Me reí. No por burla, sino por lo irónico. Quizá todos en esa guerra tenían sus propios pecados, incluso el ruco que hablaba como profeta. Porque, como en toda guerra, no hay héroes sin manchas. Y en el mundo de las bodas bajo el sol, cada quien carga su propio carrete de errores.






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