Pies sobre la tierra
- Emily Gómez Cabrera
- 17 abr
- 2 Min. de lectura
Por: Emily Gómez Cabrera
Don Paco creció sin saber qué quería ser de grande. Dice que nunca se destacó por algo que lo apasionara o en lo que fuera bueno. Cuando cumplió quince años, su papá comenzó a enseñarle el oficio de bolear zapatos y, como tampoco le gustaba ir a la escuela, una vez que terminó la secundaria se dedicó por completo a ello.
Eso no significa que su desempeño fuera mediocre. Si había algo a lo que nunca fue indiferente era al dinero. Quizá no aspiraba a mucho, pero lo hacía con la intención de poder vivir una vida relajada, y si quería lograr eso, uno de los requisitos era tener ingresos estables. Si todo lo que sabía era bolear zapatos, entonces intentaría dar lo mejor de sí.

Si bien ahora ya vive del dinero que le dan sus hijos, cuenta que durante el tiempo en el que fue boleador tuvo distintas historias. Antes de poder tener su propio puesto, había tenido que ir por varias zonas del centro, cargando la caja donde llevaba sus materiales. La gente en general era bastante amable al momento de rechazarlo si no querían el servicio, pero hubo ocasiones en las que algunas personas, quizá por no haber tenido un buen día, contestaban de una manera bastante grosera.
Cuenta que por ahí de 2009, un día se acercó a un hombre que estaba sentado en una banca, con unos zapatos algo rayados y sucios, pero bastante bonitos; una descripción que encajaba con su perfil de cliente ideal, ya que parecía necesitar el servicio y probablemente lo aceptaría porque se veía bien vestido. Al dirigirle la palabra, se dio cuenta de que aquel señor había estado hablando por teléfono todo ese tiempo. Cuando estuvo a punto de pedirle perdón por no haberse percatado de ese detalle, el hombre comenzó a gritarle.
No recuerda con exactitud sus palabras, pero sí la intención: degradar su oficio. No comprendió muy bien por qué había tenido tal reacción en ese momento, pero con el paso de los días pensó que probablemente solo estaba estresado por la llamada que sostenía y quizá decidió descargar su enojo con él.
Nunca dejó que comentarios de ese tipo dañaran la forma en la que veía su trabajo, porque, a pesar de que esas palabras no faltaban de vez en cuando, nunca consideró degradante devolverle la vida a los zapatos de alguien.
Si bien, cuando se habla de esta profesión, suele pensarse únicamente en limpiar unos zapatos con un trapo, para él era un espacio en donde había conocido amigos y compartido charlas. Un servicio que, cuando tuvo su propio puesto, se volvió muy parecido al de los peluqueros: un ambiente tranquilo, donde escuchaba conversaciones y mejoraba la apariencia de las personas.
A Don Paco, a veces, le entra la espinita de volver a poner su puesto, solo para tener algo que hacer cuando no va a visitar a sus hijos o a la iglesia.






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