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Taquero

  • Emily Gómez Cabrera
  • hace 3 minutos
  • 2 min de lectura

Por: Emily Gómez Cabrera


El mejor amigo del mexicano es el taquero, no hay discusión en ello. Está siempre para salvarnos de hacer el desayuno o la cena, de invitar a alguien a comer cuando no tienes algo preparado o de celebrar algo. Trabajar en este oficio, en ocasiones, puede llegar a ser mejor que dedicarse a una profesión con título.


Por donde yo vivo, en las noches hay varios puestos que entran en servicio, de esos que son más como carritos que se colocan en una esquina o a la orilla de la banqueta. Algunos otros, que suelen ser los que llevan más tiempo abiertos, tienen sus propios establecimientos y no hay noche en la que no tengan clientes.



En este negocio hay más de una persona trabajando, pero nadie puede negar que quien cocina, corta la carne y la pone en la tortilla taquera es quien se lleva los reflectores. Tener a un hombre sudoroso dando cátedra involuntaria sobre el arte de preparar uno de los platillos más icónicos de la cultura mexicana frente a tus ojos, mientras esperas tu comida, es toda una experiencia.


Uno de los problemas de emprender en un rubro tan común como este es que nadie puede darte consejos que realmente resuelvan tus dudas más allá de cuestiones básicas. Uno de los taqueros de la zona comenzó su negocio al no conseguir trabajo después de haber terminado su maestría. Tuvo problemas al aprender correctamente las recetas de carnes como la de pastor o la cecina, saber cómo administrar las salsas o manejar a más personas fuera de su familia.


Aunque algunos consejos de su familia fueron útiles, conforme aprendía cosas a la par que su negocio crecía, comenzó a dejar algunos de lado. Uno de ellos, por ejemplo, era no mojarse las manos hasta después de una hora de haber terminado de estar cerca del fuego. Al ignorarlo, terminó teniendo dolores en las manos y rigidez en sus movimientos.

Intenta mantener sus tacos siempre al mismo precio, pero el alza de los costos por la escasez de ingredientes esenciales, como el tomate o el limón, termina obligándolo a modificar sus precios o disminuir la cantidad de producto que ofrece.


A pesar de todo, le gusta trabajar en esto, no solo porque puede ser su propio jefe o porque ha conseguido un trabajo estable, sino porque también puede darle empleo a personas que realmente lo necesitan, tal como alguna vez él lo necesitó.

 
 
 

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